Ya al día siguiente nos despertamos en Mala Mostanica, preparamos una mochila para cuatro días y Beba nos llevó hasta la estación de bus de Belgrado, compramos el billete en el momento, nos espera Sofia.
Arrancó el bus rumbo a Bulgaria, recuerdo un trayecto bastante agradable, varias paradas en pueblos, el paisaje muy verde, el bus no iba muy lleno, por lo cual viajamos bastante cómodos.
En el bus había una señal de prohibido fumar, pero sin embargo el conductor iba fumando, le pregunté, con gestos, como pude, si podía fumar (en aquella época yo fumaba), me respondió que no, que solo se podía delante, entendí que el privilegio era suyo, pero que podía acompañarlo. De vez en cuando me convertía en “copiloto”, el asiento del conductor era doble. Todo fue sobre ruedas, en la ultima parada antes de cruzar la frontera con Bulgaria, ya quedábamos pocos en el bus, el conductor solto un discurso que yo no entendí nada de nada, por supuesto. Le pregunté a Saso qué había dicho. Se levantó, fue a hablar con él, volvió al asiento con cara preocupación, le dije un “Was ist loss?” (¿Que pasa?) y empezó a contarme:
– “Dice que solo tu y yo vamos a Sofia, por lo cual, al conductor no le merece la pena cruzar la frontera… que tenemos dos opciones, volver a Belgrado o quedarnos en la frontera….”
Saso me propuso la primera opción, volver a Belgrado, me quedé pensativo unos segundos, no entendía muy bien lo que estaba pasando, una vez procesé la información correctamente le dije a Saso:
– “Bueno…. tu eres de Bulgaria, ¿Verdad?, si estuviésemos en España yo sabría moverme perfectamente, así que ya que hemos llegado hasta aquí por mi parte seguimos hasta tu pueblo, confío en ti y que sabrás moverte por tu país”.
Efectivamente el bus nos dejó en la frontera nos bajamos y cruzamos la cruzamos a pie, recuerdo al funcionario bastante agradable, y un poco sorprendido. Un español cruzando la frontera búlgara a pie no era, desde luego, algo cotidiano. Se portó bastante bien conmigo a la hora de rellenar la documentación para entrar al país, nos estuvo aconsejando donde ir donde no ir, por lo que sea le cayó bien un español perdido en los balcanes, luego nos dio una mala noticia, no había manera de coger un bus que nos llevara a la capital, ni un taxi ni nada… se complicaba un poco la cosa… Saso llamó a su familia para explicarles la situación en la que estábamos, su padre que iba a recogernos a Sofia, no dudo en ir a la frontera a por nosotros, si no no se que hubiésemos hecho, esperamos unas horas con el dicharachero funcionario hasta que llegase el hombre a por nosotros. Anochecia cuando su padre llegaba, se bajó del coche y se fue a darle un abrazo a su hijo con una lagrima cayéndole por la mejilla, llevaban cerca de dos años sin verse, a mi me apretó la mano fuertemente y sonriendo dijo que tenia música española en el coche. Y ahí, en plena noche búlgara, recorrimos cuatro horas de carretera al ritmo de una cinta de Julio Iglesias.
Llegamos Gotse Delchev sobre las doce de la noche, allí nos esperaban con la cena preparada, su madre, su tía, su hermano y su abuela. De cenar recuerdo que había algo de carne y kefir de beber. Les di las buenas noches y dejé a Saso con su familia. No quise interrumpir. Todos hablaban solo búlgaro y yo sentí que no era momento de traducciones, sino de reencuentros.
Por la mañana Saso había quedado con unos amigos, primero nos dimos un baño en la piscina del pueblo Agua fresca, cielo despejado y la sensación de no tener prisa por nada. Después nos reunimos con mas gente a tomas unas cervezas en la terraza de un bar a la sombra de un árbol. Con los mismo amigos quedamos por la tarde/noche para tomar algo.
Por la tarde me estuvo enseñando el pueblo, me dio buena impresión, a pesar de que muchas calles no estaban asfaltadas o estaban en obras, me parecía que estaban reformando gran parte del pueblo. Pero se notaba movimiento, como si estuvieran dándole un lavado de cara al lugar.
Caía el sol cuando nos reunimos de nuevo con el grupo de amigos.
El sitio al que fuimos era, cuanto menos, peculiar. Era como un spa rural con piscinas de agua caliente, las paredes y el suelo eran de piedra, y un bar que servía bebidas directamente dentro del recinto. Lo curioso (y a ojos extranjeros, impensable) era que allí se podía fumar y beber tranquilamente dentro del balneario. Gente con vasos de cristal en la mano, brindando entre el vapor del agua caliente. Una pequeña escalera metálica bajaba hasta un río de aguas frías. Naturalmente, después de sudar en las piscinas calientes, no podía no probarlo. Me lancé, aunque el agua helada no es lo mío. Pero oye, dicen que es buenísimo para la circulación y para resetear el cuerpo. Pasamos un buen rato en la especie de… no sabría decir si era un balneario, bar o restaurante. Pero sin duda un gran lugar, aunque sin grandes lujos.
Ya al día siguiente el padre de Saso nos dejó el coche y para que pudiéramos visitar los alrededores del pueblo con su madre y su abuela, dos mujeres encantadoras, de esas que te hacen sentir en casa sin necesidad de entender el idioma, algunas compras en un mercado local y vuelta al pueblo.
Paramos también a saludar a su prima que tenia una peluquería, ya que estábamos allí aprovechamos los dos para hacernos un corte de pelo, recuerdo el comentario de su prima, que Saso me tradujo casi riéndose:
“¿Y si le corto el pelo y no le gusta?”
Bueno, al final me gustó. Nada como un corte de pelo improvisado para seguir.
Ese ya era nuestro ultimo día antes de volver a Belgrado, quedamos con otros amigos esa noche y pronto a dormir, nuestro bus hacia Sofia salia a las cinco de la mañana.
Nos levantamos sobre las cuatro, estaba todo el comité de despedía, se notaba un poco de tristeza, ya que no se verían de nuevo hasta…. su padre nos acerco a la estación de buses, salió puntual, dormimos las cuatro horas del trayecto hasta llegar a Sofia, una vez allí fuimos a tomar un café, No pude evitar fijarme en varios policías uniformados… tomando rakia de buena mañana en aquel bar.
Al fin llegó al hora de montar en el Balkan Express, viajábamos en cabinas de ocho personas, el vagón iba hasta arriba de maletas y cajas, Saso me explicó que mucha gente, en su mayoría gitanos, cruzaban la frontera para comprar barato en Bulgaria y revender en Serbia. Pues parece que eso era, conforme nos acercábamos a la frontera los pasajeros empezaron a abrir las cajas apresuradamente, sacaban la ropa nueva de su embalaje y tiraban los envoltorios por la ventana, así justificaban que la ropa era de ellos, pero, era mucha ropa y muchos envoltorios, bolsas y etiquetas que volaban por las ventanas, estaba estupefacto al ver que tanta basura se tiraba por la ventana, la señora que se sentaba a mi lado empezó a tirar sal por encima de su hombro… y del mío, según me dijo o entendí, es para ahuyentar la mala suerte.
Llegamos a la frontera, primero el control búlgaro, sin problemas. Sellos, algún que otro vistazo curioso y listo. Pero al llegar a la frontera serbia, la cosa cambió de tono. Subieron los militares al tren, entraron en nuestra cabina y empezaron a hablar, como vi que todo el mundo mostraba su pasaporte y hice lo mismo, a diferencia que el mío se lo llevaron y no entendí nada de lo que hablaron.
Tras quince minutos de espera y no tener noticias de mi pasaporte, empecé a ponerme un poco nervioso, Saso y yo bajamos a preguntar que pasaba y nos mandaron a una pequeña oficina de extranjería, allí estaba mi preciado pasaporte y un visado que pagar, a la hora de sacarme el visado no caí en el detalle de hacerlo multi entrada, un simple detalle que se me escapó cuando lo tramité… y que ahora costaba tiempo y dinero. Así que a pagar y en marcha de nuevo, a veces la barrera idiomática te hace pasar un mal rato, pensaba que me habían quitado el pasaporte.
Tras los pequeños percances seguimos el camino hacia Belgrado, el viaje se hizo un poco pesado, habíamos madrugado mucho y habían ganas de llegar. Pasaron cinco horas aproximadamente desde que cruzamos la frontera y ya veíamos la estación de trenes de nuestro destino. Allí nos esperaba Beba con una sonrisa. Nos subimos al coche y directos a Mala Mostanica, aún nos dio tiempo para un baño en la piscina mientras contábamos nuestra escapada a Bulgaria entre cervezas e historias de militares fronterizos.
Ya el viaje estaba llegando a su fin, al día siguiente ya salíamos para Alemania.
Esa mañana acompañé a Maja a comprar el desayuno, no era mas que nada que ir de casa en casa comprando a los vecinos huevos, leche, burek (Caseros, ¡Muy buenos!) y una especie de mantequilla, se hace quitando la nata a la leche cuando hierve y se va juntando toda y salando. Un desayuno de verdad, de los que se hacen con las manos y no con etiquetas.
Después del desayuno hora de jugar al ajedrez, piscina y cocinar. Tocaba cocinar cada uno algo típico de su país, yo hice una tortilla de patatas, era fácil encontrar los ingredientes. Ellos cocinaron cosas serbias, búlgaras, alemanas, una ensalada sencilla pero espectacular, hecha a base de pepino, tomate y queso, sencillamente deliciosa y, por supuesto, slivovica para regar el asunto.
Por la tarde hicimos la ruta de despedida. Reencuentros, abrazos, besos, un “cuídate” aquí, un “vuelve pronto” allá. Paradas por Belgrado, por el pueblo, por la gente que había sido parte del viaje sin necesidad de saber mi idioma.
El ultimo fuimos a un mercadillo bastante grande, en Obrenovac, entre baratijas, frutas y camisetas de “marca”, Cds pirata, aproveche para comprarme una camiseta de fútbol, en principio me gustaba la del Estrella Roja, me parecía mas bonita, pero, la familia de Beba no me dejó, alegaron que era el equipo de los ricos y que el Partizan es el equipo del pueblo, el de la resistencia y así me convencieron y fue la que me compré.
El resto del día estuvimos en la casa con las familiares, el ajedrez no falto y tampoco la piscina.
Salimos mas bien anocheciendo, empezó conduciendo Saso y a una hora de viaje mas o menos, control de policía. Matricula alemana: blanco fácil. Como siempre callados y que hable la rubia. Esta vez no funcionó, nos pidieron 30 euros (Cabe recordar que no hay euros en Serbia) y si nos negábamos dormiríamos en comisaria… Así que pagamos y si queríamos recibo de la multa teníamos que esperar a la mañana siguiente, no era posible redactarla en ese momento, es lo que hay.
Seguimos nuestro camino, recuerdo que en el coche sonó la mayoría del tiempo el álbum “Erotica” de Madonna, extrañamente encajaba, para así despedir los Balcanes, con sus carreteras imposibles, sus normas flexibles y la hospitalidad de su gente, un viaje que se me ha quedado grabado para siempre en el corazón.
Llegamos a Frankfurt de madrugada.
Porque hay viajes que terminan cuando regresas. Y hay otros, como este, que siguen dentro mucho después de haber llegado.
ZIVELI!
NASDRAVE!





